“Estoy convencido de que ya no es posible aquello que llamábamos ‘la humanidad’”
Señala Pablo Aravena, que en su libro “Un afán conservador” revisa la relación de la cultura contemporánea con el pasado.

Intervenciones públicas sobre lo que puede decir respecto de la contingencia alguien que se ocupa de la Teoría de la Historia es lo que presenta el libro “Un afán conservador”, del doctor Pablo Aravena, director del Instituto de Historia y Ciencias Sociales de la Facultad de Humanidades y Educación de la Universidad de Valparaíso. En él, el autor busca no sólo generar preguntas al lector, sino presentar los distintos tipos de relaciones que la cultura contemporánea establece con el pasado, para definir, de alguna manera, el papel actual de la historia.

El texto está organizado en tres secciones: la primera, textos que fueron escritos para exposiciones orales, ponencias, mesas y coloquios; la segunda, reseñas de libros escritas a lo largo de diez años por Aravena en Le Monde Diplomatique, que constituyen intentos de reflexión relacionados con la aceleración de los tiempos actuales; y la tercera, columnas publicadas por el autor los últimos tres años en las páginas de redacción de La Segunda a propósito de coyunturas en que se tensa la relación de fenómenos contingentes con el pasado.

“Esas tres secciones son formas en las que se piensa el fenómeno que presenta el libro: la relación con el pasado en un contexto de hiperaceleración, en el cual lo que sabíamos de un mundo —que ya es pasado— parece no servirnos demasiado para el mundo que viene. El asunto es, entonces, por qué conocerlo, por qué estudiarlo, para qué, qué sentido podría tener”, explica Pablo Aravena.

La relación con el pasado

El análisis de las relaciones de la cultura contemporánea con el pasado, señala el académico, “podría parecer un ámbito de trabajo muy restringido, un tema muy específico, pero no lo es, justamente por el curso que ha tomado la cultura contemporánea. A qué me refiero concretamente: a que de un tiempo a esta parte estamos llenos de pasado, en distintos registros, como por ejemplo a partir del juicio de Eichmann en Jerusalén, el primer juicio de los nazis y que fue transmitido por medios de comunicación masivos y no solamente por el formato escrito jurídico intramuros”. Con este registro, añade, “empieza algo así como la era del testigo, como lo han señalado diversos autores. Fue un registro relacionado con la violación de los Derechos Humanos, y en esa estela van apareciendo en la cultura contemporánea además otros registros de emergencia del pasado; por ejemplo, las luchas por la reivindicación de las identidades, asociadas a las luchas de liberación nacional o de las minorías étnicas, sexuales o de distinto tipo”.

A este segundo registro se suma un tercero: “Uno que está mediado por el mercado. Por ejemplo, la gestión del patrimonio, que en una primera fase coincide con el inicio del capitalismo postindustrial: en los ’70, en plena crisis del petróleo, la Unesco aumenta en un 300 por ciento las declaratorias de Patrimonio de la Humanidad, que básicamente es una patente para tener un bien cultural del pasado comerciable en los circuitos del turismo global”.

Detalla el doctor Aravena: “La cultura contemporánea está construida en base a al menos estos tres usos del pasado, y en esa derivada de la cultura, un oficio que es en principio decimonónico —el de la filosofía de la historia— ha tenido entrada por muchos canales. Entonces, el título ‘Un afán conservador’ tiene que ver, en una primera explicación, con lo que tiene que decir alguien que se dedica a Teoría de la Historia acerca del mundo contemporáneo. Y lo que tiene que decir tiene que ver con que la cultura contemporánea ha dado un giro hacia el pasado y con interpretar qué implicaciones tiene ello”.

Aceleración y crisis

Por otro lado, apunta Aravena, “siendo la lógica propia del capitalismo la aceleración y la crisis, desde los ’70 en adelante los niveles de aceleración de los cambios y de suscitamiento de las crisis adquieren un registro casi irrepresentable. Hay que pensar en términos de larga duración: si más o menos desde el Neolítico hasta la Revolución Industrial no había pasado mucho —fundamentalmente porque las economías eran agrarias y había instituciones asociadas a ello, hablando de Occidente—, en ese mundo uno podía estudiar el pasado para imitarlo y guiarse con éxito en el presente, porque el pasado y el presente se parecían mucho. Pero, en el siglo XIX los cambios se empiezan a suscitar de una manera acelerada, pero no tan acelerada como se han suscitado en la era de la hipertecnologización, que es básicamente de los ‘60 en adelante”.

Ejemplifica el autor: “El afán de escribir y leer ha devenido conservador, producto de la aceleración que ha adquirido la cultura contemporánea: a consecuencia de las nuevas tecnologías, un alumno mío, una persona joven, ‘nativa digital’ como suele decirse, no tiene en estricto rigor necesidad de leer ni de escribir para moverse con éxito en este mundo. Y ese es el fenómeno que tenemos que asumir, y lo tenemos que pensar”.

De esta manera, agrega, “uno se ve sumido en una práctica conservadora, que está arraigada en el pasado, que corresponde al pasado, con la cual uno sigue insistiendo en el presente, pero con escasa recepción, porque no están ya —en general— las condiciones de recepción. Y eso nos lleva a otra pregunta: si es que sigue siendo posible —o no— lo que llamábamos ‘la humanidad’. Yo estoy convencido de que ya no es posible, o vemos surgir una nueva humanidad de la cual las humanidades han quedado desfasadas”.

Respecto de si esta imposibilidad tiene o no retorno, sentencia Pablo Aravena: “No lo sé, porque si contesto eso estoy profetizando: yo llego hasta la constatación, que es el límite racional”.

Un uso estético

Volviendo a la pregunta de por qué estudiamos el pasado en el contexto actual, de hiperaceleración en un mundo en que el pasado parece no sernos útil, responde Aravena: “Estudiar el pasado como fuente de ejemplo quedó caduco en el siglo XIX; por el ritmo de cambio, hay un desarraigo entre pasado y presente, no se parecen, ya no se puede imitar el pasado para guiarse con éxito. De ahí en adelante, la historia se estudiaba a fin de levantar datos para construir proyectos de futuro, en un perfil ingenieril: así como el ingeniero levanta datos de la naturaleza, hace ecuaciones y levanta puentes, el historiador informa al político, al estadista, para que trace proyectos de sociedad. Así se configuró el siglo XIX hasta mediados del XX”.

Ahora, “desechados esos dos usos debido a la aceleración de que hablo, parece que hoy nos quedaría un uso estético del pasado, que es muy humilde, muy precario, y es sencillamente la acción de mostrar un pasado que fue distinto a este presente. Y dado que hoy nuestra relación con el pasado es más que nada de consumo, identitaria, memorística, los historiadores e historiadoras —pero también los artistas— estamos llamados a trabajar sobre la diferencia del pasado para al menos producir el espacio donde se pueda imaginar lo nuevo”.

De esta manera, “cuando los historiadores actualmente insisten en levantar una época —en mostrar, por ejemplo, cómo era Chile en los ‘60— lo único a lo que podemos aspirar es a que muestren dicha diferencia del pasado, no a que sea ejemplo para hoy: no sirve. No podemos aspirar tampoco a que eso sea fuente para nutrir un proyecto; a los políticos no les interesa, están siempre improvisando, y todo el mundo es muy volátil, el ritmo de los flujos no permite construir nada, solamente evitar catástrofes, moverse como un operador, es un mundo muy líquido”.

¿Entonces para qué? afirma Pablo Aravena: “Sencillamente, para dejar testimonio de que el presente es solamente un estado de mundo posible, de que en el pasado pudimos ser otra cosa, y que por lo tanto deberíamos entender que en el futuro podríamos ser otra cosa. Por ello, es muy humilde ese lugar del pasado hoy día y es sencillamente una forma de decir que al menos en principio la novedad —si la novedad es lo otro del presente— es algo que podría acontecer. Pero eso se parece demasiado a la entrada del Mesías, que puede ser, pero no sabemos cómo ni cuándo”.

El libro fue presentado en el Centex por los escritores Eduardo Cobos y Ernesto Guajardo. “Un afán conservador” (Ediciones Inubicalistas, 2019) se encuentra disponible en las librerías Concreto Azul, Crisis, En el Blanco y próximamente en Santiago en librería Ulises.

Publicado lunes 12 de agosto de 2019
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